Sentarse al atardecer en la terraza que da al jardín y dejarse embargar por
todo lo que ocurre alrededor, es una de las sensaciones más intensas y
sorprendentes que me ha regalado la naturaleza.

Mirar al horizonte y ver cómo se mezclan en el cielo los colores, cómo las
nubes se pintan de fuego encendido dibujando formas imposibles, es todo
un privilegio. Nunca he visto un cielo con tantos matices de color y tan
cambiante, pues cada atardecer es completamente diferente al del día
anterior.

Por las noches, levanta la vista. Verás tantas estrellas como tus ojos sean
capaces de abarcar (siempre y cuando las nubes no lo impidan). De hecho,
he llegado a la conclusión de que vuestro cielo tiene más estrellas que
cualquier otro.

Y ésta es mi sensación favorita: Si notas cierta brisa, cierra los ojos. El
viento mecerá las ramas de los árboles haciéndoles cantar para ti y te
parecerá que estás sentado a la orilla del mar. Sentirás el batir de las olas
e incluso sentirás la brisa marina. Es una sensación extraña abrir los ojos
y ver que la única masa de agua cercana (la laguna de Gallocanta) está en
completa calma.

No sé a quién darle las gracias (tal vez a la casualidad) por haberme
permitido conocer un lugar donde he aprendido a olvidarme del mundo y a
escuchar el silencio, Secaiza.

S.P.B.

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